No pensemos en la muerte

No quiero que pienses en la muerte. Todavía es posible para vos. Para mí ya es tarde. Yo ya la he visto. La felicidad en mi caso es imposible.
En serio, no quiero hablarte de esto. No quiero que lo sepas, porque vas a ponerte mal. Porque vas a saber que vos también vas a morir. Cuando yo no lo sabía podía ser más feliz, aunque no tuviera profundidad. Era una buena sensación no saber que moriría. Y ahora que lo sé, que sé claramente que voy a morir, no puedo volver atrás. He visto el sol oscuro de la muerte alzarse en toda plenitud sobre mi vida, llenándola de oscuridad y temor, y ya las sombras claras de mi existencia son para mí sólo sombras inanes. Sí, todos vamos a morir, me decís con convicción. Pero yo sé, en el fondo, que no lo sabés. Me decís que sí, que lo tenés muy claro. Pero no te creo. Te miro a los ojos, a esos profundos ojos negros, y no te creo. Me decís, otra vez, que sabés muy bien que vas a morir, y que eso hace de la vida algo único, irrepetible…perfecto. Que los dioses envidian nuestra mortalidad. ¿Y sabés qué?, no te creo. Citas poesía y te refugiás en ella y todo tu ser se complace en el sentimiento romántico de creer saber lo que es la muerte. Por un momento te enamorás de tu sentido estético para imaginar la muerte, y a ese enamoramiento lo llamás sabiduría. El enamoramiento es locura, irrealidad y mentira. Fábula, fantasía, y lo más lejano al conocimiento. Lo cierto es que la muerte es absolutamente inimaginable, absolutamente imposible de pensar. Absolutamente imposible, por definición, de vivir (“la muerte no se vive”). Porque hay al menos dos opciones básicas: la desaparición completa o la permanencia con transformación. Y ahora sí, pensalas de verdad. Pensá en la nada. Sentí la nada. Hablame de la nada…y ya no es la nada. Sí, claro, leíste mucho sobre la nada, y la angustia de la nada y que la nada nadea. Siempre el algo de la nada está ahí. ¿Cómo puede entonces la nada de la muerte pensarse como el algo de la nada si en la nada no cabe el algo? La nada de la muerte no puede pensarse. Ni sentirse. Ni entenderse. Sólo puede nombrarse. Y nomina nuda tenemus. ¿Entendés? Es aterrador. Pero pensemos en la otra opción, en la continuación, transformación, o un no dejar de ser, un siendo diferente. Por un lado, si soy un compuesto de cuerpo sensible y mente asociada a él (o que sea parte del cuerpo) que se transforma en tierra, planta, animal, cualquier cosa de la naturaleza, tengo que admitir que yo, mi conciencia, todo lo que constituye mi sentido profundo de referencia…ya no es. Mi conocimiento de mi, ese que me acompañó en todos los cambios de mi cuerpo y mi mente, ese que observaba detrás de mis ojos y escuchaba detrás de mis oídos, y sentía detrás de cada partícula de mi piel, ese ya no puede reconocerse en materia diseminada, átomos propagados por el espacio. Y si por otro lado sólo somos conciencia sin cuerpo, y el cuerpo es sólo el vestido del alma (o la tumba, o la expresión material), entonces, si no soy mi cuerpo, ese fluido etéreo llamado alma puede sobrevivir a la muerte del cuerpo. Y ahí otro pensamiento aterrador: no tengo ojos, ni oídos, ni boca; no veo no escucho no hablo; no me muevo, o por lo menos, no me muevo un espacio en relación a los cuerpos, porque no hay cuerpos. ¿Habrá espacio o será cómo en los sueños? ¿Habrá otros seres o será también como en los sueños, en los que sólo me relaciono con mi fantasía eternamente solitaria? ¿Sabré que estoy soñando? ¿Podré, como alma, soñar luego de haber muerto mi cerebro? ¿Adónde iré cuando sueño si sueño luego de haber muerto? Pero sigamos optimistas: hay algo que sobrevive, y ese algo, que soy yo, sabe que ha muerto y puede percibir sin sentidos, y se puede mover en un espacio más sutil. Y entonces, debo dejar la tierra densa, mi casa, el mar, mis lugares y moverme hacia …¿dónde? Ya no puedo hablar de lugares, ni destinos, a menos que crea que el destino es algo así como Dios, un Dios que por definición deba estar en todos lados por lo que no debería moverme hacia él sino que ya estaría en él. Pero supongo que ese lugar en el que me encuentro luego de morir mi cuerpo es parecido a este en el sentido en que uno no sabe si hay o no hay un dios. Pero entonces, ¿qué haré sin un cuerpo y sin las necesidades y posibilidades del cuerpo?, ¿cómo sigo siendo yo sin despertarme a la mañana para tomar mi café con leche, leer el diario y conectarme en la computadora?. ¿Cómo sigo siendo yo sin ducharme con música y vestirme frente a un espejo antes de salir a la calle? ¿Cómo sigo yo sin leer mis libros, prender mis sahumerios o mirar sin sentido por la ventana? ¿Qué es lo que queda de mí sin mi cuerpo? Nada de lo que yo reconozco como yo. Sin el cuerpo, yo ya no soy yo y sin tu cuerpo, querido, vos ya no sos vos. Dale, vení, encontremonos ahora, que somos, que existimos; o veamonos ahora y toquemonos ahora, que tenemos con qué. ¿Te pusiste mal? Pero si está buenísimo saber que vamos a morir. Eso le da mucho más sentido a la vida, ¿entendés? La caducidad de la vida hace de cada instante algo único, irrepetible, digno de vivir con la mayor profundidad…¿Por qué te enojás? ¡¡¡Hey!!!

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